El miedo al dolor en las separaciones

El miedo al dolor en las separaciones, en las rupturas de vínculos, nos obliga a partir del miedo básico al dolor del abandono, de la soledad y la pérdida amorosa en las diferentes fases del desarrollo infantil.

Al referirnos a la experiencia de dolor emocional, ciertamente podemos entender que el recién nacido y niño necesitó crear todo un sistema de autoprotección con el que disminuir, alejar, desplazar, negar o proyectar fuera de sí el sufrimiento desencadenado ya sea por la ausencia de calor y presencia afectiva o la falta de punto de referencia o de reconocimiento, ya sea la angustia por una separación temprana o por la manipulación, juicio, retiro de afecto o castigo de un tipo u otro.

Ya en el desarrollo de las relaciones adultas, la mayor o menor dificultad para separarnos del esquema de funcionamiento emocional infantil condicionará nuestra mayor o menor capacidad de autonomía, madurez y felicidad en las mismas.

Las separaciones, la muerte y el cambio tienen en común el elemento de «la pérdida». La pérdida afectiva, la pérdida del vínculo remueve, despierta y actualiza el sufrimiento antes citado.

Si sufrimos dolor de estómago lo saludable será buscar el medio para curar el origen de dicho dolor. Si sufrimos soledad, desamparo, desesperanza….la angustia se instala en nosotros y difícilmente desaparecerá a no ser que afrontemos el dolor.

Las separaciones sentimentales desencadenan dolor en mayor o menor grado. La experiencia consciente y aceptación del dolor nos conduce al origen del mismo, con la posibilidad de resolución, a partir de la expresión emocional, integración cortical y el desapego posterior de todo mecanismo de evitación del dolor.

Cuando en cambio, el dolor de la pérdida del afecto, la compañía, la complicidad, la intimidad, no puede ser afrontado, es cuando decimos que es relegado a los dominios del carácter.

La persona trata de evitar la conciencia y la experiencia dolorosa y para ello utiliza sus recursos caracteriales típicos (es decir, los mecanismos de defensa). Así nos encontramos con las actitudes narcisistas, histéricas, compulsivas, masoquistas o bien, cuando la pérdida actual o separación despierta la herida primaria (la primera separación del parto o una dolorosa separación temprana).

La nueva experiencia dolorosa conduce, posiblemente a crisis de tipo psicótico (el sujeto pierde a la persona con la que se fusionó) o depresiva ( «te necesito para incorporar  -el mundo- la seguridad, la nutrición, el amor»). Es precisamente el tipo de estructura psicótica el que en tantas ocasiones de trágico desenlace del que las noticias nos tienen excesivamente acostumbrados…da rienda suelta a su pánico y destruye a quién le abandona o amenaza con abandonar.

Tenemos que hablar de MUERTE DE LA RELACIÓN Y DE CAMBIO DE ESTADO. En ocasiones es  la identificación con el SER mismo de la relación o la magnitud de la experiencia en común que, la separación produce como un sentimiento surrealista difícil de integrar y cierta «esquizofrenia existencial» (cómo sentirse separado-a de una parte de sí mismo-a). Por ello vivir el proceso de la separación de forma consciente, ordenada y contando con el espacio necesario para una completa elaboración del DUELO DE LA RELACIÓN, es muy importante.

Permanecer en contacto íntimo consigo mismo, percibiendo, reconociendo y expresando los propios sentimientos de pena, desesperación, vacío o bien hostilidad, aislamiento, decepción, etc, es el primer paso hacia la solución de lo que puede y debería ser una verdadera transformación de los afectos en una dirección sana y viable, de crecimiento y madurez personal.

Sin la vivencia consciente y completa del duelo, los sentimientos que desencadenan las separaciones, corremos el riesgo de que permanezcan bloqueados, y por tanto enquistados a nivel corporal, afectivo y comportamental. Este, lamentablemente, es el caso de muchas, demasiadas ocasiones. Todas las emociones bloqueadas y por tanto arrinconadas en un lugar oscuro e indeseable (el inconsciente), acaban por manifestarse de la manera menos grata y constructiva.

La rabia, la tristeza, los temores fantaseados, el estado depresivo o ansioso..,son todos más fácilmente resueltos cuando no se encierran en un círculo vicioso, típicamente masoquista, responsable de la mayoría de consecuencias negativas, destructivas y generadoras ,paradójicamente, de un dolor innecesario.

Hablamos de muerte de la relación y de duelo de la relación, pero quisiera aclarar que estoy haciendo referencia a LA CUALIDAD O TIPO CONCRETO DE LA RELACIÓN, y muy especialmente a la de pareja.

En realidad del mismo modo que soy de la opinión de que «la vida no muere, solo se transforma», considero que EL AMOR NO MUERE, SOLO SE TRANSFORMA y con ello estoy apelando a la madurez y la belleza que todo Ser humano puede desarrollar en la oportunidad de la experiencia de transformación del amor. Estoy apelando a la capacidad (oculta bajo capas de temores diversos) de soltar vínculos o cualidades de vínculos afectivos sin necesariamente destruir, neutralizar, olvidar y continuar mirando al otro de la relación, reconociendo, recordando, respetando, la nueva vida del otro en la relación.

Quiero compartiros algunas reflexiones:

– La felicidad es la respuesta.

– Cuando perdonas, empiezas a caminar con tus propios pies.

-Mientras seguimos apegados, la libertad es una quimera.

-Duele tanto liberarse, duele tanto… la soledad. Sólo cuando esta puede ser reconfortante, segura, alegre, podemos conquistar realmente la libertad.

Para concluir:

En el mundo de las relaciones se ofrecen las más claras oportunidades de desarrollo. Recordemos que el carácter ES UNA TRAMPA cuya única salida es LA CONCIENCIA, primer y principal paso en el proceso de transformación del carácter con todos sus mecanismos adaptativos y máscaras y de evolución sin límites.

ELEGIR LO MEJOR O LO PEOR, el cielo o el infierno de cada instante, de cada día, nos lleva fundamentalmente a MIRAR Y ENTENDER qué y cómo somos capaces de discernir, aislar (como propio) optar, responder y manifestar en el ENCUENTRO CON EL OTRO, y así, como consecuencia, construimos la felicidad o el sufrimiento.

Pero elegir, discernir, ver claro no es fácil. La capacidad de riesgo (ausencia de miedo) y de desapego (superación de dependencias), son entre otras cosas facilitadas por aquellas vías en las que el ser humano tiene que entrar en contacto consigo mismo (su mundo interno) y el entorno (mundo exterior), confrontándose con sus temores y resistencias, resolviendo y haciendo conscientes sus emociones.

Así pues, la mayoría  de veces, nos las estamos viendo con la CARACTERIALIDAD del sujeto. Con sus miedos latentes. Con una perspectiva basada en sensaciones dolorosas, penosas, que llevan (porqué históricamente llevaron) a construir un mundo imaginario, no real e interpretan permanentemente lo que el otro es. Lo que el otro desea o necesita. Lo que el otro «me hace», me infringe. Lo que el otro juzga, etc… Percepción e interpretación mediatizada por los mecanismos de defensa típicos del carácter, que fueron LAS SOLUCIONES (paradójicas) que se eligieron según las circunstancias afectivas infantiles, para evitar o disminuir el sufrimiento ante la pérdida. Dicha percepción y manifestación (comportamientos) impiden ver y aceptar las propias limitaciones porque las proyecciones, la negación, la reactividad y el bloqueo afectivo son inconscientes.

El sentimiento de «re-ligare», volver a unir que tanto hemos perdido en nuestra cultura, es muy importante a la hora de afrontar la soledad tan temida en los momentos de separación afectiva, o bien de abismo ante el nuevo estado u orden de la vida tras la separación.

 

» El susurro del agua se grabó en mi Alma                                                                                                         su presencia constante -estoy aquí- calmó mi ansia                                                                                   y…yo me dormí en brazos de la Madre Tierra «.

 

 

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